viernes, 4 de agosto de 2017

AYUDANTE DE PRODUCCIÓN





Martes noche, un bar lúgubre en Los Ángeles. En un extremo de la barra, dos hombres sentados en sendos taburetes beben whisky y charlan entre ellos. Uno es corpulento, el otro delgado en extremo. Los nudos de sus corbatas están flojos y los sombreros reposan sobre la barra. A unos metros de los clientes, el barman dormita.

-¿Así que de la industria del cine? –deja caer la pregunta retórica el hombre corpulento.
-Ayudante de producción de la Universal –responde el flaco que habla casi sin separar los labios, lo que vuelve su dicción espesa.
-¿Y qué se supone que hace un ayudante de producción?
-Muchas cosas, pero yo me dedico en exclusiva a atender a los monstruos.
-¿Monstruos?
-Sí. ¿Usted ha visto Drácula?
-Sí, claro.
-Pues Drácula existe. No es un actor, es un vampiro de verdad. No se ría, no miento. Y lo mismo puedo decir de la momia y de los demás.
-¿Y Lon Chaney, Bela Lugosi, Boris Karloff, etc, a qué se dedican?
-Son hombres de paja. No podemos revelarles al público la verdad.
-Le escucho, señor….
-Edgar.
-¡Claro! Como Edgar Allan Poe.
-Esto que le voy a decir es confidencial, ha de jurarme que no compartirá con nadie lo que yo le cuente esta noche.
-Se lo juro.
-La mía es una profesión terrible. Paso miedo, auténtico terror. Es un trabajo sucio, pero alguien tiene que hacerlo, es como ser verdugo. ¿Me comprende? Drácula, por ejemplo, lo tenemos recluido en una mansión en Sunset Boulevard. Su dieta es sangre humana, probamos con sangre de cerdo, pero no funcionó. Todos los viernes por la noche acudo a un banco de sangre y los empleados, que han sido sobornados por la Universal, me entregan las bolsas con plasma que llevo a Drácula. Me presento provisto de ajos, crucifijos, agua bendita y estacas. Toda precaución es poca. Su sed de sangre es insaciable, podría atacarme en cualquier momento.
-Interesante. Los Estudios le pagarán un plus por peligrosidad, supongo.
-Frankenstein –Edgar hace ver que no ha escuchado la ironía-. Todo lo que tiene de fuerza física, le falta de cerebro; el tipo sólo piensa en joder, en meterla. Yo soy el que le llevo a su novia para que se la beneficie, he de vigilar que no la lastime. Sigamos: La criatura de la laguna negra: Logramos que las autoridades declararan el lago en el que habitaba reserva natural y que se prohibiera la pesca, pero como siempre hay pescadores furtivos, nos vimos obligados a recrear su hábitat en un estanque artificial. No se imagina el trabajo que nos dio eso. La momia…
-No me diga más, fuma y se le queman las vendas.
-No, al igual que Drácula es fotosensible. Los hemos de filmar en noche americana. El que fuma es el hombre invisible y, menos mal, porque suele ir desnudo por la casa y no lo ves, así que cuando fuma sabes dónde está por el cigarrillo que parece danzar en el aire. El tipo es un incordio, aprovecha su invisibilidad para gastarte bromas pesadas. El siguiente: El hombre-lobo, es tan peligroso como Drácula, mire lo que llevo conmigo –el flaco extrajo una bala de su bolsillo de la chaqueta americana y la colocó sobre la barra- es de plata.
-Sí que lo parece –examinó la munición su interlocutor.
-Hay que vacunarlo y desparasitarlo cada tres meses. Ya ha matado a dos veterinarios.  Al principio lo ocultábamos en otra mansión de la Universal situada en Mulholland Drive, pero el imbécil, cuando hay luna llena se dedica a aullar y los vecinos llamaban a la policía protestando. Era cuestión de tiempo que lo descubrieran. Así que tuvimos que llevarlo a una granja abandonada en el desierto de Mojave. Y, por último, el fantasma de la Ópera. ¡Insufrible! No hay quien lo saque del teatro de la Ópera. Yo es un género que no soporto; gordas sobre el escenario lanzando gorgoritos; pues tendría que verle usted como llora el amigo, llora a lágrima viva embargado por la emoción estética.
-Desde luego se gana usted el sueldo.
-Y todos ellos tienen muy mal humor. Al principio de instalarlos, se equivocaron los de las mudanzas y le entregaron el sarcófago a Drácula y el féretro a la Momia y no quiera ver la que me armaron.
-Mire, amigo… Edgar, ¿eso dijo, no?
-Edgar Van Helsing.
-Yo me llamo Willy Loman, viajante de comercio.
-Encantado, Willy, no nos hemos presentado como es debido.
-He entrado a este tugurio porque tras un maldito día de ventas fracasadas necesitaba una jodida copa. Pensé que iba a ser otro día de mierda en mi decadente carrera de vendedor, pero, gracias a Dios, has aparecido tú y me has contado todo ese montón de mentiras y estupideces y me he olvidado de mis problemas. Me has hecho disfrutar de lo lindo. La próxima ronda corre a mi cuenta.
-Willy no son mentiras.
-Claro, claro, los actores han de ser fieles a su papel por absurdo que sea.
-He venido a este bar porque te estaba buscando.
-¿A mí?
-No a ti en particular, buscaba una víctima, te vi entrar, estás rollizo, tu aspecto es saludable. “Éste es perfecto”, me dije.
-¿Perfecto? –Loman comenzaba a inquietarse.
-Sufrí un accidente el viernes pasado y todo cambió.
-¡Ah! Entiendo, te mordió el Conde Drácula y ahora eres un vampiro.
-¿Cómo lo has adivinado?
-Era previsible. Como comediante me troncho de la risa, pero como guionista eres malísimo.

Willy Loman bajó la cabeza para apurar su postrero trago de whisky. Lo último que sintió fueron los colmillos de Edgar clavándose en su yugular.


 (Relato publicado en la revista mexicana Penumbria, número 39)